miércoles, 18 de agosto de 2010

Juan sin sueño

Mi nombre es Juan, sólo Juan. Hace tiempo que ni siquiera menciono mis apellidos. Mucho tiempo. Mi vida tiene un antes y un después; un momento nuclear y desde entonces todo lo demás. Podría enumerar todo lo que me sucedió antes, pero no merece la pena. No me enrollo más, al grano: una curiosa circunstancia de mi biología me hace incapaz de soñar; casi nada… En realidad- eso dijeron los especialistas- sí que soñaba, pero por alguna razón nunca fui capaz de recordar el sueño, de plasmar la ensoñación, de revivir y recordar los episodios vividos durante el sueño.
Puede parece una tontería visto así, porque lo que llamamos sueños son realmente proyectos, expectativas y esperanzas. En el fondo es una tontería eso de recordar los episodios sucedidos, especialmente porque los científicos aseguran que no tienen ningún valor real. Claro, los científicos no sueñan porque son de ciencias; eso es para los aficionados a la literatura, para fabuladores, poetas y demás artistas. Bueno, siempre me recompensó pensar que los científicos son personas importantes, pero no son artistas…
A mi problema, que me desvío sin darme cuenta. Lo descubrí a los seis años. Jugaba con mi amigo Cándido- era buen amigo y muy cándido-que presumía de soñar con tías buenas. Disfrutaba tanto con el relato que descubrí mi incapacidad para soñar. Le dejé con la palabra en la boca y corrí hasta mi casa sin parar. Mi madre se asustó al verme tan agitado. Se lo pregunté sin dudarlo y me contestó que sí, que ella soñaba como todo el mundo. Que de hecho esa noche había soñado con un viaje al caribe que mi padre siempre le había prometido. Mi confesión le hizo gracia y simplemente no me creyó. Juan sin sueño me llamaba, porque en realidad se lo tomaba a broma, es decir, aseguraba que, como mucha gente, no recordaba mis sueños. Y nada más.

Mi padre aprovechó para demostrar su dominio paternal y decidió repasar un par de libros absurdos sobre interpretación de sueños, que compró una noche en el Vips de Velázquez, entre un paquete de ofertas esotéricas. Se hizo el interesante durante un par de días, aunque finalmente se dio por vencido y se sumó a la idea de mi madre: el niño no recuerda lo que sueña. La cosa dejó de preocuparme durante unos años, aunque nunca dejé de pensar en ello.
Diez años después, con 16, me enamoré profundamente de Clara Soria- o eso creía-. Hija de buena familia y algo pija, la verdad, Clara me atraía por su peinado. No conocía a otra chica tan bien peinada y me pareció una suerte. Así que decidí que debía quererla. Mi angustia infantil renació después de saber que su padre, psiquiatra, dirigía un laboratorio del sueño, una especie de clínica en la que estudiaban a las personas con trastornos del sueño. Mi sorpresa fue mayúscula cuando supe que incluso había personas que sufrían por sus sueños; que tenían pesadillas que les impedía hacer una vida normal.
Menuda faena para mí. Yo que vivía tan tranquilo y dormía como un tronco, comencé a experimentar insomnio. Me obsesioné con soñar y era incapaz de dormir. Así días y días. La cosa se puso fea y mis padres consultaron a expertos. Psicólogos, psiquiatras y terapeutas de todo tipo y tarifas decidieron que se trataba de una predisposición al sueño profundo poco habitual. REM, dijeron, como el grupo de música… Me pareció divertido al principio, pero un año después dejó de importarme otra vez. Creo que fue después de leer a Calderón de la Barca que volvi a dormir como las focas y olvidé mi problema.

Diez años después, con 26, periodista y feliz ciudadano de su tiempo, descubrí el maravilloso mundo de la literatura fantástica, cuando la mayoría de jóvenes de mi edad se divertía con el futbol, las discotecas y las chicas. Fue un cuento del genial Borges que me devolvió la angustia, esta vez convertida en ansiedad evidente. Comencé a pensar que moriría sin recuerdos, que no sería capaz de acordarme ni de mi nombre.
Hipnosis. Mi solución parecía estar en asistir a uno de esos que te duermen y te obligan a hacer tonterías delante de los demás, como lo había visto en la tele. Afortunadamente mi idea de la hipnosis era equivocada. Me encontré ante un psicólogo clínico, que previamente me liberó de miedos y errores. La hipnosis es una terapia psicológica científica que resuelve muchos problemas; sobre todo fobias, me dijo.
El trance hipnótico no inhibe la voluntad; usted podría defenderse de cualquier ataque durante el mismo. Sin embargo la sugestión hipnótica permite inducirle imágenes y acontecimientos que usted puede revivir. Si me presto a hacer esto es porque su situación le obsesiona. Debo asegurarle que todo lo que usted va a vivir durante el trance hipnótico será fruto de su imaginación y mi técnica. No es real ni nunca lo será. Ante todo soy un científico y no me presto a diversiones de ningún tipo. Usted va a experimentar lo que la mayoría de los mortales llamamos sueño, es decir, ensoñaciones; episodios construidos al azar por el inconsciente. Después del trance hipnótico recordará lo vivido porque así se lo induciré. Pero insisto, no se haga ilusiones. Los sueños son sólo eso, sueños. Hasta mañana a las diez.

“Vi primeramente una masa informe que poco a poco fue tomando la figura de una formidable cuba de fabulosas dimensiones: de ella salían los gritos de dolor. Pregunté espantado qué era aquello y qué significaba lo que estaba viendo.
Entonces los gritos, hasta allí inarticulados, se intensificaron más haciéndose más precisos, de forma que pude oír estas palabras: —Multi gloriantur in terris et cremantur n igne. Después vi dentro de aquella cuba ingente, personas indescriptiblemente deformes. Los ojos se les salían de las órbitas; las orejas, casi separadas de la cabeza, colgaban hacia abajo; los brazos y las piernas estaban dislocadas de un modo fantástico. A los gemidos humanos se unían angustiosos maullidos de gatos, rugidos de leones, aullidos de lobos y alaridos de tigres, de osos y de otros animales.
Observé mejor y entre aquellos desventurados reconocí a algunos. Entonces, cada vez más aterrado, pregunté nuevamente qué significaba tan extraordinario espectáculo. Se me respondió: —Gemitibus inenarrabilibus famem patientur ut canes. Entretanto, con el aumento del ruido se hacía ante él más viva y más precisa la vista de las cosas; conocía mejor a aquellos infelices, le llegaban más claramente sus gritos, y su terror era cada vez más opresor. Entonces preguntó en voz alta: —Pero ¿no será posible poner remedio o aliviar tanta desventura? ¿Todos estos horrores y estos castigos están preparados para nosotros? ¿Qué debo hacer yo? —Sí —replicó una voz—, hay un remedio; sólo un remedio. Apresurarse a pagar las propias deudas con oro o con plata. —Pero estas son cosas materiales. —No; aurum et thus. Con la oración incesante y con la frecuente comunión se podrá remediar tanto mal”•

Ya nunca he dejado de soñar, aunque en realidad sigo sin recordar nada. Descubrí que soñar es pensar en el otro, darle tu tiempo para comprobar cómo su vida se construye con amor. Nunca olvidaré mi único relato onírico porque en realidad no es mío y nunca lo será. Pertenece a todos los hijos de Dios. Ah, Por cierto.. Nunca me casé con Clara. Lamentablemente cambió de peinado.

Bárbara Cid Rivero.-
Relato ganador concurso juan soñador '09

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