Mi nombre es Juan, sólo Juan. Hace tiempo que ni siquiera menciono mis apellidos. Mucho tiempo. Mi vida tiene un antes y un después; un momento nuclear y desde entonces todo lo demás. Podría enumerar todo lo que me sucedió antes, pero no merece la pena. No me enrollo más, al grano: una curiosa circunstancia de mi biología me hace incapaz de soñar; casi nada… En realidad- eso dijeron los especialistas- sí que soñaba, pero por alguna razón nunca fui capaz de recordar el sueño, de plasmar la ensoñación, de revivir y recordar los episodios vividos durante el sueño.
Puede parece una tontería visto así, porque lo que llamamos sueños son realmente proyectos, expectativas y esperanzas. En el fondo es una tontería eso de recordar los episodios sucedidos, especialmente porque los científicos aseguran que no tienen ningún valor real. Claro, los científicos no sueñan porque son de ciencias; eso es para los aficionados a la literatura, para fabuladores, poetas y demás artistas. Bueno, siempre me recompensó pensar que los científicos son personas importantes, pero no son artistas…
A mi problema, que me desvío sin darme cuenta. Lo descubrí a los seis años. Jugaba con mi amigo Cándido- era buen amigo y muy cándido-que presumía de soñar con tías buenas. Disfrutaba tanto con el relato que descubrí mi incapacidad para soñar. Le dejé con la palabra en la boca y corrí hasta mi casa sin parar. Mi madre se asustó al verme tan agitado. Se lo pregunté sin dudarlo y me contestó que sí, que ella soñaba como todo el mundo. Que de hecho esa noche había soñado con un viaje al caribe que mi padre siempre le había prometido. Mi confesión le hizo gracia y simplemente no me creyó. Juan sin sueño me llamaba, porque en realidad se lo tomaba a broma, es decir, aseguraba que, como mucha gente, no recordaba mis sueños. Y nada más.
Mi padre aprovechó para demostrar su dominio paternal y decidió repasar un par de libros absurdos sobre interpretación de sueños, que compró una noche en el Vips de Velázquez, entre un paquete de ofertas esotéricas. Se hizo el interesante durante un par de días, aunque finalmente se dio por vencido y se sumó a la idea de mi madre: el niño no recuerda lo que sueña. La cosa dejó de preocuparme durante unos años, aunque nunca dejé de pensar en ello.
Diez años después, con 16, me enamoré profundamente de Clara Soria- o eso creía-. Hija de buena familia y algo pija, la verdad, Clara me atraía por su peinado. No conocía a otra chica tan bien peinada y me pareció una suerte. Así que decidí que debía quererla. Mi angustia infantil renació después de saber que su padre, psiquiatra, dirigía un laboratorio del sueño, una especie de clínica en la que estudiaban a las personas con trastornos del sueño. Mi sorpresa fue mayúscula cuando supe que incluso había personas que sufrían por sus sueños; que tenían pesadillas que les impedía hacer una vida normal.
Menuda faena para mí. Yo que vivía tan tranquilo y dormía como un tronco, comencé a experimentar insomnio. Me obsesioné con soñar y era incapaz de dormir. Así días y días. La cosa se puso fea y mis padres consultaron a expertos. Psicólogos, psiquiatras y terapeutas de todo tipo y tarifas decidieron que se trataba de una predisposición al sueño profundo poco habitual. REM, dijeron, como el grupo de música… Me pareció divertido al principio, pero un año después dejó de importarme otra vez. Creo que fue después de leer a Calderón de la Barca que volvi a dormir como las focas y olvidé mi problema.
Diez años después, con 26, periodista y feliz ciudadano de su tiempo, descubrí el maravilloso mundo de la literatura fantástica, cuando la mayoría de jóvenes de mi edad se divertía con el futbol, las discotecas y las chicas. Fue un cuento del genial Borges que me devolvió la angustia, esta vez convertida en ansiedad evidente. Comencé a pensar que moriría sin recuerdos, que no sería capaz de acordarme ni de mi nombre.
Hipnosis. Mi solución parecía estar en asistir a uno de esos que te duermen y te obligan a hacer tonterías delante de los demás, como lo había visto en la tele. Afortunadamente mi idea de la hipnosis era equivocada. Me encontré ante un psicólogo clínico, que previamente me liberó de miedos y errores. La hipnosis es una terapia psicológica científica que resuelve muchos problemas; sobre todo fobias, me dijo.
El trance hipnótico no inhibe la voluntad; usted podría defenderse de cualquier ataque durante el mismo. Sin embargo la sugestión hipnótica permite inducirle imágenes y acontecimientos que usted puede revivir. Si me presto a hacer esto es porque su situación le obsesiona. Debo asegurarle que todo lo que usted va a vivir durante el trance hipnótico será fruto de su imaginación y mi técnica. No es real ni nunca lo será. Ante todo soy un científico y no me presto a diversiones de ningún tipo. Usted va a experimentar lo que la mayoría de los mortales llamamos sueño, es decir, ensoñaciones; episodios construidos al azar por el inconsciente. Después del trance hipnótico recordará lo vivido porque así se lo induciré. Pero insisto, no se haga ilusiones. Los sueños son sólo eso, sueños. Hasta mañana a las diez.
“Vi primeramente una masa informe que poco a poco fue tomando la figura de una formidable cuba de fabulosas dimensiones: de ella salían los gritos de dolor. Pregunté espantado qué era aquello y qué significaba lo que estaba viendo.
Entonces los gritos, hasta allí inarticulados, se intensificaron más haciéndose más precisos, de forma que pude oír estas palabras: —Multi gloriantur in terris et cremantur n igne. Después vi dentro de aquella cuba ingente, personas indescriptiblemente deformes. Los ojos se les salían de las órbitas; las orejas, casi separadas de la cabeza, colgaban hacia abajo; los brazos y las piernas estaban dislocadas de un modo fantástico. A los gemidos humanos se unían angustiosos maullidos de gatos, rugidos de leones, aullidos de lobos y alaridos de tigres, de osos y de otros animales.
Observé mejor y entre aquellos desventurados reconocí a algunos. Entonces, cada vez más aterrado, pregunté nuevamente qué significaba tan extraordinario espectáculo. Se me respondió: —Gemitibus inenarrabilibus famem patientur ut canes. Entretanto, con el aumento del ruido se hacía ante él más viva y más precisa la vista de las cosas; conocía mejor a aquellos infelices, le llegaban más claramente sus gritos, y su terror era cada vez más opresor. Entonces preguntó en voz alta: —Pero ¿no será posible poner remedio o aliviar tanta desventura? ¿Todos estos horrores y estos castigos están preparados para nosotros? ¿Qué debo hacer yo? —Sí —replicó una voz—, hay un remedio; sólo un remedio. Apresurarse a pagar las propias deudas con oro o con plata. —Pero estas son cosas materiales. —No; aurum et thus. Con la oración incesante y con la frecuente comunión se podrá remediar tanto mal”•
Ya nunca he dejado de soñar, aunque en realidad sigo sin recordar nada. Descubrí que soñar es pensar en el otro, darle tu tiempo para comprobar cómo su vida se construye con amor. Nunca olvidaré mi único relato onírico porque en realidad no es mío y nunca lo será. Pertenece a todos los hijos de Dios. Ah, Por cierto.. Nunca me casé con Clara. Lamentablemente cambió de peinado.
Bárbara Cid Rivero.-
Relato ganador concurso juan soñador '09
miércoles, 18 de agosto de 2010
lunes, 16 de agosto de 2010
El Mar del Metro.
Uno
“Arde en la noche la belleza de las cosas que no se ven”.
La primera sensación me vino al caminar descalza. Sentí una especie de inquietud liviana. Un pie hundido, después el otro y una extraña sensación de no avanzar, de no salir de allí. La gente caminaba más deprisa a pesar de la dificultad de hacerlo. A partir de ese momento comencé a observar todo lo que sucedía a mí alrededor, aunque de repente decidí sentarme a descansar y cerré los ojos. Me propuse sentir. El sonido de las olas me relajó lo suficiente para dejarme caer boca arriba, tumbada. Nombres en voz alta, murmullos, avionetas a baja altura y las olas del mar…, sobre todo las olas del mar.
Permanecí dormida toda la tarde; desperté y casi no podía incorporarme.
Quedaban pocos minutos de luz. Los colores de la playa cambiaron su intensidad. Caminé hasta la orilla y me aclaré los pies en el agua, una brisa suave comenzaba a soplar pero decidí quedarme y esperar la noche.
A lo lejos estaba él, sin duda el mejor hombre que había conocido. Él y su viejo piano comenzaron a representar la función que recreaba todos esos momentos que habíamos pasado juntos. Sin más, se puso a tocar; comenzó a correr por la arena ese sonido que tanto me relajaba, el sonido que era capaz de dejar mi mente en blanco. Mis oídos se agudizaban, sólo existía él y su melodía. Era capaz de hacerme llorar. No podía evitar dar vida a esas pequeñas lágrimas, no eran lágrimas de dolor ni de alegría, sino lagrimas que expresaban que aquello que él tocaba con sus manos, llegaba hasta el fondo de mi corazón.
Mis ojos permanecían cerrados mientras acariciaba las teclas de su viejo piano. Él entendía la música de forma diferente; su don, su gran don: expresarse de cualquier manera. Aunque siempre destacó más en la literatura, también la música fue una de sus amantes.
Dos
- “Próxima estación, Alonso Martínez”-, escupió la locución del metro.
Otra vez rostros nuevos, insignificantes. Personas que probablemente no volvería a ver. Caras aburridas, bostezos, ojos que se cierran sin quererlo; libros, periódicos, un hombre se ata los cordones; dos señoras, que a pesar de no conocerse critican a sus maridos; el moderno que sólo piensa en música. Gente con prisa, trenes lentos y yo simplemente mirando. Sí, miraba; intentaba analizar todo lo que ocurría, tenía que fijarme en el metro para hacer una descripción que me habían mandado.
El metro es un elemento más, que complementa el camino rutinario de cada mañana, de mis mañanas y de las mañanas de esas caras desconocidas. Aquel hombre tenía otra razón para viajar en metro: intentaba ganarse la vida, conseguir algo para dar de comer a sus hijos. Su violín era la única manera de alimentar a su prole.
Comenzó a tocar: me sentí parte de la melodía, como Onetti, que se inspiraba al escuchar a su mujer interpretando. Y me pasé de parada una vez más. La diferencia entre Onetti y yo es que mi abuelo tocaba el piano mejor que su mujer el violín. Y la curiosa melodía forma parte de mí, como mis pies o mi pelo. Así que arrastro esta facilidad de perderme, que cualquier día me costará un disgusto, seguro.
Tres
Representaba una pieza de Chopin: “Piano Nocturne in Ebm”.
Lo inusual no era encontrar un piano en el mar, sino verle a él una vez más. Hubiera deseado volver a disfrutar de su presencia muchas veces. Me conformaba con visitarle en sueños. El mar me brindó la oportunidad de volver a sentirle.
-Abuela, esas galletas corren peligro. El abuelo ha prometido enseñarme a tocar el piano si le llevo algo dulce. Y ha dicho que esta vez no sirven mis besos.
Allí estaba él. Situado en una de las esquinas del salón. Vestía el traje negro de siempre. Los años parecían no pasar por su vida. El abuelo solía sentarme encima del “viejo elegante de traje negro”, así llamaba a su piano.
Hay compañías que siempre nos aportan felicidad. Jamás olvidaré la suya, un fiel retrato de la experiencia. Facciones arrugadas que delataban una vida larga; solía llamarlas arrugas de "felicidad". De su cara siempre resaltó esa enorme sonrisa, invitada ilustre de tierras y mares lejanos. La sensación de querer recordar más de lo que viví a su lado me visita con mucha frecuencia. No recuerdo cada una de sus palabras, pero jamás olvidare aquella melodía, siempre estará en mí .Cada uno de sus recuerdos me aportan momentos de intensa felicidad. No necesito nada más para decir que sólo con pensar en el soy feliz.
Cuatro
Invitada a salir por la fuerza abandoné aquel vagón. Para volver a otro que me llevase al destino final. Se hacía tarde, pero no me preocupaba. Las agujas del reloj avanzaban rápido. Mis pies parecían no pertenecerme, se daban mucha prisa.
Escaleras mecánicas repletas. Elevé la mirada y suspiré. ¡Qué pereza!, tocaba subir escalones. Me parecieron miles de ellos, pero para mi sorpresa en menos tiempo del que creí terminé de subir. Y por fin las últimas escaleras que me llevaban a la calle. No me costó asimilar que tenía que subirlas. Esta vez no había oportunidad de subir por las mecánicas.
¿En Tribunal? La cita era en Alonso Martínez.
Me pesa reconocerlo, pero mi padre tiene razón cualquier día me pierdo por mi propio pie. ¿Tan despistada soy? Parece que sí. Encima no hay nadie que conteste a mis preguntas. ¿Hay alguien? No saben no contestan. Me encantaría ser una enajenada para darme respuestas sin necesidad de que nadie lo haga y no aburrirme mientras ando.
¿Dónde voy? Mis piernas avanzan solas. Yo no quiero caminar. ¿Qué pasa?
¿También me estoy imaginado esto?
En qué hora me fije el violinista. Me perdí por su melodía y ahora no logro encontrarme.
Todo parece nuevo. Es raro, me conozco tribunal tanto como mi propia casa y resulta que todo parece distinto. Tan diferente que no sé que hago en esta calle.
¿Musicool? ¡En la vida lo había oído!
Demasiado cutre el nombre ¿no?
-Perdona, ¿querías algo?
Este tío si que esta loco. Pero que voy a querer yo aquí.
En la vida he tocado un instrumento. Soy malísima en solfeo.
Además porqué pregunta si estoy a 10 metros de la tienda. No entiendo nada que tipo más raro.
- Son las ocho y media. Tenemos que cerrar. De verdad, ¿no quieres nada?
¿Cómo? ¿El señor éste otra vez? ¿Qué esta pasando? ¿Qué hago aquí?
- Llevas horas observando ese piano. ¿Quieres tocarlo?
¡Qué pesado! Cayetana, te estás volviendo loca, ya no controlas ni el tiempo, ni el lugar donde te sitúas. Si, me criticaba a mí misma, necesitaba hacerlo.
No entendía nada, había perdido el control sobre todo. Una tienda de música, un señor insistente, un piano y yo. De nuevo yo sin saber qué hacer ni a donde dirigirme.
Cinco
Aquel día llovía. El mal tiempo protagonizaba nuestra conversación. Una mala mañana nos visitaba. Nada nuevo. Todo parecía estar como siempre.
- Cayetana, ven siéntate con tu abuelo César. Cuéntame que te pasa. Te veo tristona.
- No es nada importante abuelo.
- Triste ¿tu? Imposible. Me has enseñado que sonreír es la mejor forma de mostrar al mundo que la vida sigue, y que los problemas se abandonan en el parking del olvido. Hasta que poco a poco se van resolviendo.
- Es fácil decirlo abuelo, pero hoy me apetece aparcar esos problemas.
- ¿Te apetece que toquemos mi viejo piano?
Una vez más consiguió ayudarme. Dejó que mis problemas se esfumasen. El tiempo parecía dejar de existir cuando estábamos juntos. Ni minutos, ni horas, ni años podían medir todos los ratos que pasábamos el uno con el otro.
- ¿Te ha gustado?- Dijo sonriendo.
El abuelo sabía que esa melodía me encantaba. No era una simple canción compuesta por notas musicales. Nos pertenecía a los dos. Ese” algo” conseguía abstraerme de mis problemas. Hacía que yo pudiese ver más allá de unas teclas. Conseguía imaginar cosas realmente maravillosas, que disfrutaba en cuestión de segundos. Ya no recuerdo lo que imaginaba, pero sí recuerdo que todo aquello ha marcado lo que soy hoy.
- Sí abuelo, la melodía es preciosa. ¿Cómo sabías que esto me ayudaría?
- Ha sido fácil. He conseguido llegar a ti sin decirte ni una sola palabra. Tu corazón se ha liberado. No han hecho falta mis discursos. No he sido yo. Han sido mis manos, que ni siquiera son mis manos, manos promovidas por algo superior.
La música te ha ayudado a liberar tus problemas, a distraerte, ha centrarte en una sola cosa: tú. Eres pequeña pero noto en ti una especial madurez que me resulta increíble.
-Gracias abuelo. Es tú música, son tus palabras, son tus gestos, eres tú quien hace que mi vida este llena de momentos felices. ¿Sabes una cosa?
-Dime, cariño.
- Me encantaría parecerme a ti. Me gustaría hacer sentir a alguien, cómo tú lo haces conmigo. Ser la causa de sonrisas dibujadas sobre algún rostro.
- No corras, cielo, tienes que disfrutar este momento. La niñez es la mejor época de la vida, a mi me gustaría tener tus años… Aunque suena fácil, todos hemos sido niños alguna vez. Y sin lugar a dudas, las esquinas de nuestra memoria, reflejan las tenues luces del brillo de la infancia. Época de inocencia donde hemos vivido y recreado las mayores ilusiones de nuestra vida… De niños dejamos paso a la imaginación y ella se convierte en nuestro aliado. Creemos sin ver necesariamente; la esencia esta en ver más allá de lo que unos ojos pueden mostrar. Y nacen nuestros mayores sueños.
Seis
Conseguí despertar del sueño. Continué con mi desesperada búsqueda esta vez convertida en ansiedad evidente. La tarde había pasado como si de un suspiro se tratase. ¿Las nueve y media? No puede ser. Mamá histérica reclamará mi vuelta habitual. Tengo que regresar rápido. De nuevo combiné mis pasos y caminé más deprisa de lo normal. Ahora sí, necesitaba que el tiempo jugase a mi favor. Me resultó estúpido; tuve la sensación de inmovilidad. Estaba en el mismo lugar de antes. Enfrente del la boca del metro. Pero no lo tuve en cuenta. Después de lo vivido nada me sorprendía. Me dispuse a bajar las escaleras. Qué alivio, ahora bajaba, no subía…
-Perdona, ¿tienes cambio de cinco euros? La máquina no acepta mi billete. Me preguntó una chica desconocida.
-Sí. ¡Has tenido suerte! Contesté
-Vienes de la tienda de música ¿verdad?
-Eso creo. Y tú ¿Quién eres? pregunté extrañada.
-Me llamo Patricia. Estuve observando cómo mirabas a aquel piano. Sabes elegir. Llevo estudiando solfeo desde los cinco años. Ahora tengo dieciséis y me encantaría poder comprarlo, aseguró.
-Lo siento. Tengo prisa., dije yo precipitadamente.
-Una última cosa: Gracias. Creo has perdido esto; te pertenece., y guardó un papel doblado en mi bolso.
No demostré mi habitual simpatía. El tiempo no dejaba de correr y yo seguía parada.
De nuevo la línea 10: Chamartín. La taquillera me devolvió la mirada con una sonrisa. Introduje el tique del metro lo más rápido que pude. Saqué de mi bolsillo el móvil y junto a él estaba el papel que supuestamente había perdido. Lo leí después de desplegarlo: “Arde en la noche la belleza de las cosas que no se ven”. César.
Me froté los ojos para asegurarme de nuevo. Tengo que resolver mi problema de Una vez. Es más saludable viajar con los pies en tierra firme.
BCR
“Arde en la noche la belleza de las cosas que no se ven”.
La primera sensación me vino al caminar descalza. Sentí una especie de inquietud liviana. Un pie hundido, después el otro y una extraña sensación de no avanzar, de no salir de allí. La gente caminaba más deprisa a pesar de la dificultad de hacerlo. A partir de ese momento comencé a observar todo lo que sucedía a mí alrededor, aunque de repente decidí sentarme a descansar y cerré los ojos. Me propuse sentir. El sonido de las olas me relajó lo suficiente para dejarme caer boca arriba, tumbada. Nombres en voz alta, murmullos, avionetas a baja altura y las olas del mar…, sobre todo las olas del mar.
Permanecí dormida toda la tarde; desperté y casi no podía incorporarme.
Quedaban pocos minutos de luz. Los colores de la playa cambiaron su intensidad. Caminé hasta la orilla y me aclaré los pies en el agua, una brisa suave comenzaba a soplar pero decidí quedarme y esperar la noche.
A lo lejos estaba él, sin duda el mejor hombre que había conocido. Él y su viejo piano comenzaron a representar la función que recreaba todos esos momentos que habíamos pasado juntos. Sin más, se puso a tocar; comenzó a correr por la arena ese sonido que tanto me relajaba, el sonido que era capaz de dejar mi mente en blanco. Mis oídos se agudizaban, sólo existía él y su melodía. Era capaz de hacerme llorar. No podía evitar dar vida a esas pequeñas lágrimas, no eran lágrimas de dolor ni de alegría, sino lagrimas que expresaban que aquello que él tocaba con sus manos, llegaba hasta el fondo de mi corazón.
Mis ojos permanecían cerrados mientras acariciaba las teclas de su viejo piano. Él entendía la música de forma diferente; su don, su gran don: expresarse de cualquier manera. Aunque siempre destacó más en la literatura, también la música fue una de sus amantes.
Dos
- “Próxima estación, Alonso Martínez”-, escupió la locución del metro.
Otra vez rostros nuevos, insignificantes. Personas que probablemente no volvería a ver. Caras aburridas, bostezos, ojos que se cierran sin quererlo; libros, periódicos, un hombre se ata los cordones; dos señoras, que a pesar de no conocerse critican a sus maridos; el moderno que sólo piensa en música. Gente con prisa, trenes lentos y yo simplemente mirando. Sí, miraba; intentaba analizar todo lo que ocurría, tenía que fijarme en el metro para hacer una descripción que me habían mandado.
El metro es un elemento más, que complementa el camino rutinario de cada mañana, de mis mañanas y de las mañanas de esas caras desconocidas. Aquel hombre tenía otra razón para viajar en metro: intentaba ganarse la vida, conseguir algo para dar de comer a sus hijos. Su violín era la única manera de alimentar a su prole.
Comenzó a tocar: me sentí parte de la melodía, como Onetti, que se inspiraba al escuchar a su mujer interpretando. Y me pasé de parada una vez más. La diferencia entre Onetti y yo es que mi abuelo tocaba el piano mejor que su mujer el violín. Y la curiosa melodía forma parte de mí, como mis pies o mi pelo. Así que arrastro esta facilidad de perderme, que cualquier día me costará un disgusto, seguro.
Tres
Representaba una pieza de Chopin: “Piano Nocturne in Ebm”.
Lo inusual no era encontrar un piano en el mar, sino verle a él una vez más. Hubiera deseado volver a disfrutar de su presencia muchas veces. Me conformaba con visitarle en sueños. El mar me brindó la oportunidad de volver a sentirle.
-Abuela, esas galletas corren peligro. El abuelo ha prometido enseñarme a tocar el piano si le llevo algo dulce. Y ha dicho que esta vez no sirven mis besos.
Allí estaba él. Situado en una de las esquinas del salón. Vestía el traje negro de siempre. Los años parecían no pasar por su vida. El abuelo solía sentarme encima del “viejo elegante de traje negro”, así llamaba a su piano.
Hay compañías que siempre nos aportan felicidad. Jamás olvidaré la suya, un fiel retrato de la experiencia. Facciones arrugadas que delataban una vida larga; solía llamarlas arrugas de "felicidad". De su cara siempre resaltó esa enorme sonrisa, invitada ilustre de tierras y mares lejanos. La sensación de querer recordar más de lo que viví a su lado me visita con mucha frecuencia. No recuerdo cada una de sus palabras, pero jamás olvidare aquella melodía, siempre estará en mí .Cada uno de sus recuerdos me aportan momentos de intensa felicidad. No necesito nada más para decir que sólo con pensar en el soy feliz.
Cuatro
Invitada a salir por la fuerza abandoné aquel vagón. Para volver a otro que me llevase al destino final. Se hacía tarde, pero no me preocupaba. Las agujas del reloj avanzaban rápido. Mis pies parecían no pertenecerme, se daban mucha prisa.
Escaleras mecánicas repletas. Elevé la mirada y suspiré. ¡Qué pereza!, tocaba subir escalones. Me parecieron miles de ellos, pero para mi sorpresa en menos tiempo del que creí terminé de subir. Y por fin las últimas escaleras que me llevaban a la calle. No me costó asimilar que tenía que subirlas. Esta vez no había oportunidad de subir por las mecánicas.
¿En Tribunal? La cita era en Alonso Martínez.
Me pesa reconocerlo, pero mi padre tiene razón cualquier día me pierdo por mi propio pie. ¿Tan despistada soy? Parece que sí. Encima no hay nadie que conteste a mis preguntas. ¿Hay alguien? No saben no contestan. Me encantaría ser una enajenada para darme respuestas sin necesidad de que nadie lo haga y no aburrirme mientras ando.
¿Dónde voy? Mis piernas avanzan solas. Yo no quiero caminar. ¿Qué pasa?
¿También me estoy imaginado esto?
En qué hora me fije el violinista. Me perdí por su melodía y ahora no logro encontrarme.
Todo parece nuevo. Es raro, me conozco tribunal tanto como mi propia casa y resulta que todo parece distinto. Tan diferente que no sé que hago en esta calle.
¿Musicool? ¡En la vida lo había oído!
Demasiado cutre el nombre ¿no?
-Perdona, ¿querías algo?
Este tío si que esta loco. Pero que voy a querer yo aquí.
En la vida he tocado un instrumento. Soy malísima en solfeo.
Además porqué pregunta si estoy a 10 metros de la tienda. No entiendo nada que tipo más raro.
- Son las ocho y media. Tenemos que cerrar. De verdad, ¿no quieres nada?
¿Cómo? ¿El señor éste otra vez? ¿Qué esta pasando? ¿Qué hago aquí?
- Llevas horas observando ese piano. ¿Quieres tocarlo?
¡Qué pesado! Cayetana, te estás volviendo loca, ya no controlas ni el tiempo, ni el lugar donde te sitúas. Si, me criticaba a mí misma, necesitaba hacerlo.
No entendía nada, había perdido el control sobre todo. Una tienda de música, un señor insistente, un piano y yo. De nuevo yo sin saber qué hacer ni a donde dirigirme.
Cinco
Aquel día llovía. El mal tiempo protagonizaba nuestra conversación. Una mala mañana nos visitaba. Nada nuevo. Todo parecía estar como siempre.
- Cayetana, ven siéntate con tu abuelo César. Cuéntame que te pasa. Te veo tristona.
- No es nada importante abuelo.
- Triste ¿tu? Imposible. Me has enseñado que sonreír es la mejor forma de mostrar al mundo que la vida sigue, y que los problemas se abandonan en el parking del olvido. Hasta que poco a poco se van resolviendo.
- Es fácil decirlo abuelo, pero hoy me apetece aparcar esos problemas.
- ¿Te apetece que toquemos mi viejo piano?
Una vez más consiguió ayudarme. Dejó que mis problemas se esfumasen. El tiempo parecía dejar de existir cuando estábamos juntos. Ni minutos, ni horas, ni años podían medir todos los ratos que pasábamos el uno con el otro.
- ¿Te ha gustado?- Dijo sonriendo.
El abuelo sabía que esa melodía me encantaba. No era una simple canción compuesta por notas musicales. Nos pertenecía a los dos. Ese” algo” conseguía abstraerme de mis problemas. Hacía que yo pudiese ver más allá de unas teclas. Conseguía imaginar cosas realmente maravillosas, que disfrutaba en cuestión de segundos. Ya no recuerdo lo que imaginaba, pero sí recuerdo que todo aquello ha marcado lo que soy hoy.
- Sí abuelo, la melodía es preciosa. ¿Cómo sabías que esto me ayudaría?
- Ha sido fácil. He conseguido llegar a ti sin decirte ni una sola palabra. Tu corazón se ha liberado. No han hecho falta mis discursos. No he sido yo. Han sido mis manos, que ni siquiera son mis manos, manos promovidas por algo superior.
La música te ha ayudado a liberar tus problemas, a distraerte, ha centrarte en una sola cosa: tú. Eres pequeña pero noto en ti una especial madurez que me resulta increíble.
-Gracias abuelo. Es tú música, son tus palabras, son tus gestos, eres tú quien hace que mi vida este llena de momentos felices. ¿Sabes una cosa?
-Dime, cariño.
- Me encantaría parecerme a ti. Me gustaría hacer sentir a alguien, cómo tú lo haces conmigo. Ser la causa de sonrisas dibujadas sobre algún rostro.
- No corras, cielo, tienes que disfrutar este momento. La niñez es la mejor época de la vida, a mi me gustaría tener tus años… Aunque suena fácil, todos hemos sido niños alguna vez. Y sin lugar a dudas, las esquinas de nuestra memoria, reflejan las tenues luces del brillo de la infancia. Época de inocencia donde hemos vivido y recreado las mayores ilusiones de nuestra vida… De niños dejamos paso a la imaginación y ella se convierte en nuestro aliado. Creemos sin ver necesariamente; la esencia esta en ver más allá de lo que unos ojos pueden mostrar. Y nacen nuestros mayores sueños.
Seis
Conseguí despertar del sueño. Continué con mi desesperada búsqueda esta vez convertida en ansiedad evidente. La tarde había pasado como si de un suspiro se tratase. ¿Las nueve y media? No puede ser. Mamá histérica reclamará mi vuelta habitual. Tengo que regresar rápido. De nuevo combiné mis pasos y caminé más deprisa de lo normal. Ahora sí, necesitaba que el tiempo jugase a mi favor. Me resultó estúpido; tuve la sensación de inmovilidad. Estaba en el mismo lugar de antes. Enfrente del la boca del metro. Pero no lo tuve en cuenta. Después de lo vivido nada me sorprendía. Me dispuse a bajar las escaleras. Qué alivio, ahora bajaba, no subía…
-Perdona, ¿tienes cambio de cinco euros? La máquina no acepta mi billete. Me preguntó una chica desconocida.
-Sí. ¡Has tenido suerte! Contesté
-Vienes de la tienda de música ¿verdad?
-Eso creo. Y tú ¿Quién eres? pregunté extrañada.
-Me llamo Patricia. Estuve observando cómo mirabas a aquel piano. Sabes elegir. Llevo estudiando solfeo desde los cinco años. Ahora tengo dieciséis y me encantaría poder comprarlo, aseguró.
-Lo siento. Tengo prisa., dije yo precipitadamente.
-Una última cosa: Gracias. Creo has perdido esto; te pertenece., y guardó un papel doblado en mi bolso.
No demostré mi habitual simpatía. El tiempo no dejaba de correr y yo seguía parada.
De nuevo la línea 10: Chamartín. La taquillera me devolvió la mirada con una sonrisa. Introduje el tique del metro lo más rápido que pude. Saqué de mi bolsillo el móvil y junto a él estaba el papel que supuestamente había perdido. Lo leí después de desplegarlo: “Arde en la noche la belleza de las cosas que no se ven”. César.
Me froté los ojos para asegurarme de nuevo. Tengo que resolver mi problema de Una vez. Es más saludable viajar con los pies en tierra firme.
BCR
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